Confieso (¿Cuántas veces les he confesado cosas en este blog?) que veo Somos tú y yo cada vez que puedo. O cada vez que me acuerdo. Felizmente, son pocas las veces que me acuerdo. Cada vez estoy viendo menos televisión. Y es cierto que con esta confesión (otra) el blog empieza a perder sentido, pero es que la caridad de nuestra televisión por ofrecerme material para escribir en este blog cada vez se me hace menos simpática. Extraño aquellos días en que, cómplice, me reía de las barbaridades de la señal abierta venezolana. Es inevitable que ahora me embargue una pena tal que, en la mayoría de las ocasiones, me hace cambiar de canal o directamente darle al botón de POWER.
Llevaba días pensando en eso, en lo vergonzosa que es nuestra tele y en lo fácil que es darse cuenta, dada la nutrida oferta de televisión internacional que nos llega a través de las compañías de cable. Así fui sacándole el cuerpo a la tv de mi cuarto, distraído por el internet y pensando en su decadencia. En eso había gastado las tardes, todas mis tardes caseras, excepto la de ayer. Ayer vi Somos tú y yo
¿Y? ¿Qué creen? ¿Qué cambió mi perspectiva? Pues justo ahora le estoy huyendo a Somos tú y yo muy a pesar de mi pedofilia. Y es que a mí nunca me ofendió el spanglish en tonos de voz audibles solo por perros de las monitas-sifrinas del cuento. Nunca me molestaron del todo los planos cortos de miradas para dar supuesta tensión al final de cada escena. La intención de copiar cosas de todos los éxitos juveniles de Latinoamérica y el mundo no me ha causado recelo ni mucho menos. Los diálogos gastados y las malas actuaciones son cosas que soy capaz de perdonar.
Pero lo que nunca les voy a perdonar a los creadores de esta serie juvenil es que hayan echado mano a una de las escenas que más daño le ha hecho a la historia de la tv venezolana. Me refiero a un flash-back donde Sheryl (la protagonista) recordaba momentos vividos con un chamito que, al parecer, es un perro atacón pero que a ella no le disgusta del todo. Uno de esos varios recuerdos podría narrarse así:
Llevaba días pensando en eso, en lo vergonzosa que es nuestra tele y en lo fácil que es darse cuenta, dada la nutrida oferta de televisión internacional que nos llega a través de las compañías de cable. Así fui sacándole el cuerpo a la tv de mi cuarto, distraído por el internet y pensando en su decadencia. En eso había gastado las tardes, todas mis tardes caseras, excepto la de ayer. Ayer vi Somos tú y yo
¿Y? ¿Qué creen? ¿Qué cambió mi perspectiva? Pues justo ahora le estoy huyendo a Somos tú y yo muy a pesar de mi pedofilia. Y es que a mí nunca me ofendió el spanglish en tonos de voz audibles solo por perros de las monitas-sifrinas del cuento. Nunca me molestaron del todo los planos cortos de miradas para dar supuesta tensión al final de cada escena. La intención de copiar cosas de todos los éxitos juveniles de Latinoamérica y el mundo no me ha causado recelo ni mucho menos. Los diálogos gastados y las malas actuaciones son cosas que soy capaz de perdonar.
Pero lo que nunca les voy a perdonar a los creadores de esta serie juvenil es que hayan echado mano a una de las escenas que más daño le ha hecho a la historia de la tv venezolana. Me refiero a un flash-back donde Sheryl (la protagonista) recordaba momentos vividos con un chamito que, al parecer, es un perro atacón pero que a ella no le disgusta del todo. Uno de esos varios recuerdos podría narrarse así:
Sheryl está en la playa. Camina hacia la orilla distraída por el rumor del mar, la belleza del paisaje y el vaivén del oleaje que la hace sucumbir en un letargo de felicidad. Dado su estado de euforia pasiva, no percibe que una moto de cuatro ruedas surca rauda la playa en su misma dirección. El conductor del vehículo desvía su mirada hacia los encantos de una morena con escaso ropaje que se tuesta al sol y, por consiguiente, se distrae en sus funciones de piloto.
En ese momento Gustavo, que estaba cerca comiéndose una ración de tostones con queso y mayosesa, se percata de la situación y cuando ya casi es inminente la colición, grita descarnadamente “Sheeeeryyyyyyyyyl”. Seguidamente corre lo más rápido que puede para abalanzarse sobre ella. La empuja a la vez que la abraza y, alejándola de las fauces de aquel monstruo de hierro conducido por un irresponsable frasco de hormonas en ebullición, cae al suelo a la par de ella.
El movimiento brusco y la gracia divina de Dios quisieron que Gustavo cayera encima de una Sheryl espalda al sueño. Los rostros se encontraron, las miradas se posaron una sobre otra y toda la playa (imagínense Alí Babá un domingo de vacaciones) desapareció para ellos. Sólo eran ella y él (Tú y yo). Pocos fueron los segundos que transcurrieron antes de que Sheryl cayera en cuenta de los chismes que se correrían si no hacía algo para apartar a ese pedazo de carne de encima suyo, pero esos pocos segundo fueron suficientes como para ser recordados con nostalgia y, terminado el flash back, decirse en monólogo interno: “¿Qué te pasa Sheryl?¿Qué haces tú pensando en Gustavo?”
En ese momento Gustavo, que estaba cerca comiéndose una ración de tostones con queso y mayosesa, se percata de la situación y cuando ya casi es inminente la colición, grita descarnadamente “Sheeeeryyyyyyyyyl”. Seguidamente corre lo más rápido que puede para abalanzarse sobre ella. La empuja a la vez que la abraza y, alejándola de las fauces de aquel monstruo de hierro conducido por un irresponsable frasco de hormonas en ebullición, cae al suelo a la par de ella.
El movimiento brusco y la gracia divina de Dios quisieron que Gustavo cayera encima de una Sheryl espalda al sueño. Los rostros se encontraron, las miradas se posaron una sobre otra y toda la playa (imagínense Alí Babá un domingo de vacaciones) desapareció para ellos. Sólo eran ella y él (Tú y yo). Pocos fueron los segundos que transcurrieron antes de que Sheryl cayera en cuenta de los chismes que se correrían si no hacía algo para apartar a ese pedazo de carne de encima suyo, pero esos pocos segundo fueron suficientes como para ser recordados con nostalgia y, terminado el flash back, decirse en monólogo interno: “¿Qué te pasa Sheryl?¿Qué haces tú pensando en Gustavo?”
No, en serio, no te lo perdono. Yo que siempre te he defendido y amparaba tu existencia en el hecho de que eres un producto de consumo masivo rentable, que a los chamos les gustas mucho y que es mejor verte a ti a que los niños anden por ahí de vagos inventando tonterías… yo dándomelas de interesante sólo para poder ver a las niñitas que mucho morbo me despiertan y que me muestras todas las tardes. Pero hoy no te quiero ver. Dame unos días, quizá se me pase. Pero de verdad no subestimes a tu audiencia. Esa escena se viene viendo desde Rubí Rebelde pa’ acá y nunca me había resultado tan chimba.
Somos tú y yo, aléjate de mí unos días.
